Era, y otros cuentos [excerpt]

BooksEra. y otros cuentos

Era

Gracias Mariano Zaro.

 I know / we’re just like / old friends. We just / can’t pretend.

That lovers / make amends. We are / reasons so unreal.

We can’t help but feel / that something has been lost, but

please / you know you’re just like me. Next time / I promise

we’ll be / perfect.

Strangers down the line. Lovers out of time. Memories

unwind. So far / I still know who you are. But now I wonder

who I was, angel, you know it’s not the end.

Strangers when we meet, strangers on the street, lovers while

we sleep. Perfect. You

know this has to be. We always were so free. We promised

that we’d be perfect…

  

(Perfect – Smashing Pumpkins – Adore, Virgin Records, 1998)

[Sé, que somos como viejos amigos. Es que no podemos fingir;

que los amantes se reconcilian. Somos, razones tan irreales. No podemos

evitar, sentir que algo se ha perdido, pero por favor, sabes que

eres igual a mí. La próxima vez, te prometo que seremos perfectos.

Desconocidos a la larga. Amantes fuera de tiempo. Memorias se desdoblan.

Por ahora todavía sé quien eres. Pero ahora me pregunto

quién fui yo, ángel, sabes que no es el fin.

Desconocidos al cruzarnos, desconocidos en la calle, amantes en

sueño. Perfecto. Sabes que debe ser así. Siempre fuimos tan libres.

Prometimos que seríamos perfectos… (traducción de la autora)]

 

No podía ser él. No, de ninguna manera, imposible. No puede creer que su traicionera mente le siga jugando estas pasadas. Al fin y al cabo, no todos los pelirrojos bajitos y arrugados tenían que ser él, menos que menos en el aeropuerto de Nueva York, a tantos miles de kilómetros de Buenos Aires.

Claudina respira hondo y trata de distraer sus ojos miopes buscando un lugar para sentarse y apoyar sus bolsos entre viajeros despatarrados, de nacionalidades y etnias varias, que cabecean entre vigilia y sueño para subirse, dentro de unas horas, al mismo avión que ella. O no, quizás dormitan frente a la salida para Buenos Aires porque se les antojó, porque tienen que hacer tiempo y en esa sala hay más asientos libres, y luego partirán en otro avión rumbo a un destino anónimo, del que ella jamás se enteraría.

Otras veces, frente a circunstancias similares, Claudina se habría puesto a pensar en las manías del destino: cómo une por instantes a seres con vidas tan dispares, para luego separarlos para siempre, sin que sus protagonistas se enteren jamás que se han cruzado. Para Claudina somos todos ratitas de laboratorio comandados por un gran científico loco llamado Dios. Dios nos junta para jorobar, para ver qué onda. Por lo general no pasa nada pero, a veces, sorpresivamente, un encuentro al azar entre dos personas es capaz de generar una reacción en cadena con efectos impredecibles, que altera la vida de sus protagonistas para siempre, como, por ejemplo, si uno de ellos coloca una bomba y la hace estallar en el lugar de cita, o si el desconocido resulta ser más adelante nada menos que el padre o la madre de sus hijos. Lo más curioso, según Claudina, es que los ‘elegidos’ para el experimento creen en general que han llegado a determinado sitio por voluntad propia, ni se ponen a pensar en la posibilidad de que no sea así, no son para nada conscientes de que son víctimas en realidad de un plan macabro y divino. No tienen idea de que Dios los ha colocado ahí justamente para armar un orden en medio del desorden, y que su selección responde a una necesidad tan arbitraria y rara como cuando planta árboles en pleno Sahara, o cuando hace aparecer flores en algunos jardines y en otros no; en otros deja que se mueran sin pena. Sólo en estas brevísimas casualidades, pensaría, tiene oportunidad de rozarse con individuos provenientes de sitios que lo más seguro es que no visite jamás; puede observarlos, estudiarlos, distinguir similitudes y disonancias, y hasta conversar con ellos o participar de sus momentos más íntimos: mientras roncan, se suenan la nariz, discuten a gritos con miembros de la familia, o mientras andan en torpes medias de toalla, se babean en la remera o leen una revista o libro de dudosa calidad. En estas ocasiones, individuos afines fisiológicamente a Claudina pero con rasgos singulares y extraños están al alcance de su mano, hasta que luego, de un minuto a otro, uno de ellos se levanta, y luego otro, y otro, y así sucesivamente parten cada uno hacia su destino: uno a Pekín, el otro a París, el otro a Lima, el de más allá a Dubái; se esparcen como un grupo de abejas que desembarca entusiasmado en un enorme jardín, y ya nada volverá a unirlos; y lo más probable es que ellos jamás sufrirán esta pérdida forzada, lo más seguro es que ni siquiera se enteren, y entonces llegarán otros, y se ejercerá la misma dinámica, una y otra vez, y con esta repetición no espontánea se borrarán para siempre las huellas de las coincidencias anteriores. Nadie se ocupará de dejar rastro en aquel fortuito e ignorado punto de destino. Sin saberlo, los concurrentes se relegan ante sus sucesores. A menos, claro, que por alguna razón necesiten tapar sus huellas. Pero esa es otra historia. Esas historias, más que fruto del destino, son fruto consciente de la vida que uno mismo se forja y se adjudica sin ayuda ni intervención de otros, a pesar de la culpa que casi siempre conllevan.

Pero son los menos. La mayoría no repara ni un minuto en este asunto de pruebas y no pruebas, de rastros y no rastros, de Dios y no Dios.

Es azar, es caos, podría haber sido cualquier otro el que estuviera allí en el aeropuerto en aquel determinado momento, pero también es destino, es orden: por algo los otros no están y ella sí. Y él. ¿Será él nomás?

No obstante, a diferencia de las otras veces, en esta oportunidad la cabeza de Claudina no discurre en estas meditaciones retorcidas de poca trascendencia; está dedicada a la visión que se le ha aparecido de la nada, sin aviso previo; otro capricho del destino, según parece, pero este no es tan fácil de ignorar. Porque aun si el sujeto no fuera él –y no era, no podía ser– su semejanza bastó para hacer despegar la nave de recuerdos y emociones que hasta entonces yacía almacenada semidormida, en un depósito bajo llave. Hacía dos años que ese avión no volaba.

El fantasma está sentado en un sillón acolchado con las piernas cruzadas, a menos de veinte metros de donde ella busca un asiento. Estudia con detenimiento un diario sábana. Desde donde está, Claudina le ve el perfil y el marco discreto y metalizado de los anteojos. Sabía que Santos usaba gafas, pero le parecía que el marco de las suyas era más grueso, aunque ahora que lo piensa no está segura. Los pantalones del lector de periódico son de corderoy color maíz, y su suéter escote redondo, verde militar. Su cabellera color durazno le llega a la mitad de la nuca, dado que su cabeza está levemente inclinada hacia adelante. No, no es él, Santos lleva el pelo más largo, y no recordaba que fuera de un rosa tan desteñido. Lo recordaba más vívido. Lo mismo con el tono de la barba, la de Santos era menos canosa que la de este señor, y su piel la recordaba más ruborizada, más despierta. Tampoco creía que fuera tan cabezón. Se parecían, sí, eso era innegable: en la nariz con arco de tobogán, en los labios finos como señalador de libro, en la forma del cuerpo –armado pero extenuado– y en la vestimenta. Pero el viajero no le hacía acordar a Robert Redford; Santos sí. Para Claudina, Santos era igual al Robert Redford actual: avejentado, arrugado, maduro y aún levemente buenmozo y atractivo.

El hombre no la ve. Está enganchado en el periódico, pero lo más probable es que aun si la viera no se le movería una pestaña, porque no es Santos. No, no es. Incluso siendo así, Claudina no puede dejar de mirarlo.

Mientras tanto, prosigue en su búsqueda infatigable de asiento. Luego de atravesar piernas, bolsos y niños saltarines de distinto color y tamaño encuentra un lugar al lado de un cuarentón asiático que parece hipnotizado por la computadora portátil cuyo teclado descansa en sus muslos. Ni siquiera levanta la vista cuando ella le corre el bolso y el saco para sentarse. Al menos es callado, piensa. Del otro lado, unos jóvenes mochileros conversan en alemán. El lector espectral con cabello de fruta sigue estando de costado, sólo que ahora un poco más en diagonal. La sala está llena, y Claudina lo agradece, porque siente que de no haber sido así ahora tendría frío. El solo mirar por la ventana le da temblores. Es de noche, y afuera nieva. La calefacción está encendida, pero a ella no le basta; es exageradamente friolenta. Hasta ha ido al médico por eso, para ver si tiene algún problema. El doctor le dijo que no se preocupara, que su dolencia debía deberse a una mala alimentación y que así como había gente que sufría sobremanera el calor, otros sufrían de la misma forma el frío. Pero este diagnóstico no ayudó a quitarle la eterna piel de gallina. Suerte que no vivo acá, se dice, mirando por la ventana.

Ya más instalada y tranquila, abre uno de sus bolsos y extrae el libro que está leyendo: el tercer tomo de las memorias de Simone de Beauvoir. Qué mujer, suele ser lo primero que le viene a la mente cada vez que repara sus ojos en la pintura impresionista de la tapa, y en los cientos de páginas de ínfima tipografía que aún le quedan por leer. Sin embargo, esta vez apenas es consciente de lo que tiene entre las manos. Sólo ve una cosa: un hombre. Un hombre que no ve hace dos años, y que no es su marido. Un hombre que a pesar de los miles de intentos, nunca pudo olvidar. Claudina vuelve su vista al costado, y se ven.

                                                                                      ——- * ——-

¿Será? No, no puede ser, si hasta donde yo sé ella vive en San Francisco, no acá… pero sí, tiene que ser. ¿Quién más anda vestida tan colorinche y con tanto bolso y carterita colgándole de todos lados? Y esos anillos enormes, de estrella de rock o lectora de tarot, sí, no hay dos como ella. Es. ¿Pero qué hace acá, sola? ¿Se habrá separado? Santos se lleva la mano al cuello para aflojarse la corbata, pero al encontrarse con franjas desnudas de piel de acordeón se da cuenta de que no está en su oficina del diario sino en otro lado, en el aeropuerto Kennedy de Nueva York. Como todos los años, vino a entregar una beca anual de periodismo en NYU, la Universidad de Nueva York, en representación del diario donde trabaja desde hace más de veinte años y del que es desde hace poco jefe-editor. Le encantan estos paseos: ama Nueva York. Ha estado miles de veces y la siente casi como propia. Conoce sus calles como un taxista. Las ha recorrido todas, por lo general solo o si no con algún colega de la redacción. Sólo una vez vino en familia. Es que Nueva York para él es una ciudad que hay que disfrutarla solo. No porque haga nada raro o prohibido, sino porque es el único lugar donde se siente libre. Anónimo. Ilimitado. La conoce bien pero no lo suficiente, siempre hay algo para descubrir; no es como Buenos Aires, donde ya nada lo sorprende. Aquí hasta la nieve lo maravilla. En Buenos Aires, para colmo, no nieva. Por otra parte, sólo en Nueva York tiene la oportunidad de enfrentarse consigo mismo. En cualquier otro lado cumple roles; acá no, acá es él. Al ciento por ciento. Y ahora está ella. La persona con quien soñó alguna vez pasear de la mano por Madison Avenue. ¿Es ella? Trata de seguirla con la vista pero justo se le interpone una señora enorme enfrente. A ver si se corre…

El aire de la terminal es espeso –no tan espeso como en la caldeada redacción del diario, donde el cigarrillo y la chispa de toda esa gente chiflada y atormentada podía derretir al Perito Moreno–, pero se nota que no hay ventanas abiertas; huele a encierro. Además, toda esta gente lo molesta. Si hay algo que odia son las multitudes, y no entiende por qué ponen la calefacción tan alta: está bien que afuera haga frío ¡pero no por eso hay que convertir al aeropuerto en un sauna!

Afuera nieva. A Santos lo enloquece la nieve. La conoció de grande, cuando empezó a viajar. Había estado un buen rato mirando caer copos de nata y algodón antes de acomodarse en su asiento para leer el diario. Mientras contempla la nevada piensa, y una de las cosas que piensa es que hubiera dado lo que fuera por aprender a esquiar, por poder deslizarse por superficies pulidas de esponja y seda, desafiando los abismos con un par de tablas, dejándose llevar con el cuerpo, donde la única regla que vale es la fuerza de gravedad. Qué libertad. Eso sí que es vida. Pero sólo puede imaginarlo en sueños; con sus cincuenta y cuatro años, sería suicida atreverse a probarlo.

Todo esto y más pondera ahora Santos mientras mira al cielo oculto derrumbarse en un millón de perlitas heladas y formar un tibio manto de silencio y ceniza en la pista de asfalto. Le resulta interesante notar que el vapor que emerge de los motores humeantes de las naves gana de mano a la nevisca, al impedir que se blanquee la zona que los rodea, como si con ello estos gigantes bichos con alas demarcaran su territorio, su zona de influencia. ¡Hasta aquí hay lucha de poderes!, piensa Santos con su habitual cinismo.

Es la primera vez que nieva desde el comienzo de su estadía. Lo que le alucina de la nieve son lo blancas que son sus particulitas, cómo brillan, con qué gracia caen, con qué discreción, y el silencio y tranquilidad que generan a su alrededor. Despintan por completo a la ciudad. La envuelven toda en un mismo color. Y a la vez, le dan un lustre inigualable, ya que es para él la época del año en que más se luce Nueva York. Es cuando se viste de novia. Lástima que en su ciudad no nieva. Caen lluvias tremendas, se enfrentan a muerte nubes eléctricas, se desorbitan los cielos, alternan indecisos los naranjas, los azules, los violetas y los cobrizos, todo eso sí, pero en Buenos Aires nieve no hay. No hay muchas cosas en Buenos Aires. Por empezar, no hay Claudina.

Santos levanta la vista del diario para ubicar el bar –nada mejor que un whisky ardiente para acompañar la lectura de su diario favorito, el New York Times– y es ahí cuando la ve. Es ella, no puede ser otra. Tiene el pelo mucho más largo, quizá uno o dos tonos más claro (¿será el sol de California?), y ha adelgazado un poco, pero es ella. Sus movimientos bruscos y comprometedores, sus libros que no pueden sostenerse con una sola mano, su infinita colección de bolsos, su desaliñe mundano y sofisticado, son inconfundibles. Además, lo está mirando (sólo que no parece reconocerlo).

Miles de veces había soñado que volvía a pasarle la mano por su cabello lacio y castaño (siempre un poco enredado): a veces para consolarla, a veces para consolarse él, a veces por el solo gusto de hacerlo. Había imaginado que volvía a enfrentarse con esos ojos vivos y penetrantes que en ocasiones lo habían inquietado y parecido demasiado encendidos para lo que estaban dispuestas a tolerar sus emociones (Claudina se había hecho hacer nuevos anteojos, y le quedaban muy bien). Había hurgado y besado esa delgadez firme y resistente –en lugar de ramitas de madera, sus brazos parecían de acero inoxidable–, sin haberlo hecho en realidad. Miles de veces había deseado que su risa ruidosa –y un poco ridícula esbozada fuera de contexto– fuera para él (y quizás alguna vez lo había sido).

Ahora está seria. Lo mira como un perrito encrespado, parece asustada, confundida, es ella. Tiene que ser. Está sólo a unos metros, como siempre había querido tenerla, y ya no están en la redacción, recluidos entre paredes vigilantes, entre oídos susurrantes. Están solos. ¿Será muy tarde?, piensa, inmovilizado en su asiento. No puede moverse, pero ella tampoco se mueve.

¿Qué hace? ¿Por qué se aleja? ¿Adónde va? Me da la espalda. No me reconoce. Parece estar buscando asiento. ¿Por qué no viene para acá? Quizá no es ella. Pero sí, ¿quién otra podía ser? ¿Qué hago, voy? Tengo que saber. Tiene que ser ella. No la voy a dejar ir así nomás. Santos se cambia los lentes por los de ver de lejos. Aunque sabe que aun siendo ella a esta altura ya es tarde; se había enterado de que se había casado. ¿Tendrá chicos? ¿Estará embarazada? No parece, al menos si lo está no debe ser de muchos meses. Ahí consiguió asiento. ¿Por qué no mira para acá? ¿Me habrá visto? ¿Acaso no sabe quién soy?

Gritos excitados de chicos que saltan y juegan a las escondidas lo alejan un poco de sus cavilaciones, lo traen al presente. Pero aún en el presente ella sigue ahí sentada. ¡Y qué divina está! Un tanto cambiada, es cierto, pero sigue siendo ella. No puede ser otra, aunque no me vea ni me reconozca.

Estudia sus costados: quiere asegurarse de que no haya un hombre cerca que pueda ser su marido. En realidad no sabe bien qué buscar, porque no conoce al marido de Claudina. Lo poco que sabe se había filtrado en conversaciones que tuvo con ella, y apenas detectaba que se trataba de él la interrumpía bruscamente y cambiaba de tema. Para Santos siempre era mejor pensar que aquella figura central en la vida de Claudina no existía.

De cualquier modo, sabe que no es el asiático; hasta donde él tiene entendido, su pareja era compatriota. Pero de golpe se turba: ¿qué impedía que no fuera uno de los tantos argentinos con ascendencia asiática? En realidad nada lo impedía, pero algo le dice que aunque el marido de Claudina tenga rasgos orientales, no es ese. Le parece demasiado robotizado para Claudina. Al marido se lo imagina audaz, joven, apuesto y muy ambicioso. No sabe por qué cree esto, pero está convencido. Por otra parte, los mochileros tampoco pueden ser; aunque desde donde está no los oye hablar en alemán, es claro que los muchachos están en grupo y no tienen nada que ver con su amiga argentina. La edad y el aire de aventura de los alemanes lo estremecen: ¿habré envejecido mucho estos dos años?, ¿me veré hecho un viejo? Habían ocurrido muchas cosas en su vida y en el país en aquellos infinitos meses que transcurrieron desde la última vez que se habían visto, no sería extraño que sus vivencias, una vez más, se le hubieran traducido a la cara y a los ojos. Después de todo, hasta donde él sabía no le había vendido el alma al diablo, ni a nadie más. ¿Será por eso que no me reconoce?

¿Qué hago, me acerco?

Se muere de ganas. Muere por verle la cara de cerca y comprobar que es ella. Pero qué decirle: Hola, ¿te acordás de mí?, o: ¿Qué hacés, nena, tanto tiempo? No puede saludarla como a una cualquiera, y sin embargo, no encuentra otra forma decente de iniciar una conversación. Por un momento, su vista se aleja de ella y se detiene en la pista arropada de blanco, y en ese breve instante deja de ser una pista de aviones para convertirse en una pradera ondulada de pinos y eucaliptos silvestres –también envueltos de blanco– sólo que, en vez de gris, el cielo está celeste y limpio y hay un niño de bufanda y guantes que corre hacia el campo. Antes de llegar al bosque, se le aparece una chica de entre los árboles y se pone a trotar en dirección a él; parece que bailan. Se acercan. Ella lleva moño y vestido de fiesta turquesa, debe tener frío porque no lleva abrigo. Corren hasta encontrarse, y se abrazan como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se hubiesen extrañado horrores, y cuando él le despeja de la cara los mechones dulce de leche se da cuenta de que es ella, y el niño es él.

¿Adónde se fue ahora?

                                                                                         ——- * ——-

La mira fijo, pero no se mueve. ¿Será él? Pero sí, ¿quién otro puede ser? De frente sí tiene un aire a Redford, pero el hombre que ahora la enfrenta está más consumido y arrugado que el que ella recuerda. Por cómo la mira, es obvio que ella le gusta. ¿No será un viejo baboso, no? Se ve que le caigo bien a los colorados, piensa con gracia. Porque no, ahora que lo mira bien se da cuenta de que no es él. Es otro, parecido, pero otro. Jamás podría ser él. Sería demasiada casualidad.

Cierra el libro y lo guarda en su bolso de lana gruesa. A pasos suyos unos viejos se ponen a discutir en voz alta. Son cuatro. Sus caras destilan furia y hablan como si de ello dependiera el éxito o fracaso de sus vidas y la de los demás. Hablan de política. Argentinos, piensa Claudina con una mezcla de incomodidad y alivio: al fin se acercaba a casa.

Está contenta de volver a su país. Hace casi un año que no va. Los pasajes eran caros, y el viaje larguísimo. Tenía que esperar un buen momento para tomarse vacaciones, o encontrar una buena excusa, como el casamiento de una amiga, o las fiestas de fin de año. Además, viajar es un suplicio para ella: le tiene terror a la turbulencia y a las bombas, y se la pasa rogando que no le cobren exceso de equipaje o le despachen los bolsos que arma para llevar con ella en la cabina. Vaya a saber uno qué lleva en ellos; según la explicación que dio varias veces a los empleados de las distintas aerolíneas, iba a utilizar todo su contenido en el vuelo.

Luego de dar un par de vueltas con los ojos por los quioscos de revistas de ahí nomás, decide acercarse al colorado para sacarse por fin la duda de si es él o no; la curiosidad la está matando, ya no sabe con qué más distraerse, es como si un imán la guiara. Se levanta de la silla y, tras juntar todos sus petates, vira a la izquierda, tratando de esquivar la pata descalza de uno de los mochileros. Apenas da un paso un hombre de bigotes y mucho sobrepeso ocupa su asiento, con lo cual no le queda otra que salir de ahí. Para entonces tiene un poco de taquicardia y le cuesta dirigir sus pasos. Hace dos años que no tiene esta sensación.

                                                                                         ——- * ——-

Como siempre es ella la que vendrá hacia él, como la chica de la pradera. ¿Por qué él no puede ser atrevido como ella? Parece un quedado en comparación. ¿Cuántas veces la ha visto acercarse con ese corte confiado y afilado a su oficina del diario? ¿Cuántas veces ha imaginado que al alcanzarlo la estrujaría entre sus brazos y nunca más la soltaría? ¿Cuántas veces ha soñado, desde su partida, con ese avance de pasarela? Y ahora viene hacia él, y parece un sueño. Los chicos a su alrededor juegan y gritan.

La verá acercarse. Se parará para recibirla. Se llevará la mano al cuello. Tiene calor. Por un momento siente que se asfixia.

Ella sonreirá primero y le tenderá la mano, acostumbrada al saludo norteamericano. Él querrá correrle el pelo de la cara como había hecho el niño con la chica en la pista del avión, pero en vez de eso le ataja la muñeca y se la aprieta como si fuera un medallón que le ha caído del cielo. Luego sonríe y la atrae hacia él para besarle la mejilla. El beso dura un par de segundos, suficientes para que la piel de novicia de ella se roce con la suya acanalada. El rostro de ella huele a pera y está fresco, a pesar del calor.

—¿¡Qué hacés acá!? —pregunta ella alegre, como si acabara de encontrarse por casualidad con su mejor amigo. Sí, se parece un poco a Redford, piensa para sus adentros.

—¿Cómo te va, nena? —le responde él, en un tono más sincero y apagado. Aunque nadie más lo sepa, con esta frase inocente trae a luz un torrente de recuerdos y encuentros refrenados. Cuatro palabras bastan para mostrar que este no es un encuentro liviano, que entre ellos no ha pasado un día, y que dejaron algo pendiente. Había soñado durante mucho tiempo con un encuentro semejante, y en cada caso él la recibía como solía recibirla en la redacción: ¿cómo te va, nena?… Sólo que ahora que se le da la oportunidad, las cuatro palabras le salen demasiado sofocadas, demasiado indiferentes. ¿Será demasiado tarde?

—Estoy haciendo escala para ir a Buenos Aires —responde Claudina. Su voz es un poco más aflautada que de costumbre, debido a la excitación y a la trivialidad deliberada de la frase.

—¿Venís de San Francisco? —pregunta él. Qué linda que estás, nena, tiene ganas de decirle, pero no lo dice. La nieve cae detrás de ellos.

—Sí.

—¡Qué casualidad! —Santos Malbrán, como buen periodista y editor, se cuida bien de elegir sus palabras. Tantea el terreno.

—¿Sí, no?

—¿Viajás en el 931?

—Sí, ¿y vos?

Santos asiente.

—¿Vos qué hacés acá? —pregunta ella.

—Vine a entregar la beca en NYU. Traté de engancharme en el vuelo anterior, pero no hubo caso, estaba lleno, así que estoy clavado acá desde las cinco, mirando caer la nieve del otro lado del ventanal… ¿Vos qué tal?— Decíme que volvés…

—Yo nada, acá estoy—. ¿Por qué quisiste volverte antes? ¿No era que te alucinaba Nueva York?

—¿Pasaste tiempo en Nueva York?

—No, llegué acá hace un rato. Vine a hacer conexión nomás. ¿Vos cuánto estuviste acá?

—Cuatro días.

—¿Y, qué tal estuvo?

—Bien, bien. Estuvo bien.

                                                                                         ——- * ——-

Ambos pensarían lo mismo, si es que eran quienes eran, aunque jamás lo confesarían. Piensan en aquel viaje que planearon hace más de cuatro años y que no se concretó. El destino era esta misma ciudad, por un fin de semana, con tal de huir un poco de las calles y rostros perseguidores, con el fin de refugiarse en un lugar anónimo donde pudieran andar tranquilos de la mano sin miedo a que alguien los sorprendiera. Podía verlos todo Nueva York y no les importaría, y a los neoyorquinos menos, porque allí serían seres sin nombre ni cargos. Compartirían todo: la cama, su tiempo, sus sueños, sus cuerpos, por un par de días nomás, y luego regresaría cada uno a su vida, como si nada, o como si todo; pero nunca se les había dado.

—¿Qué tal tu vida por allá? —pregunta él, después de un incómodo silencio. La mira de frente. Unos diez o quince centímetros de aire separan la punta de sus narices. Santos se aprieta el labio inferior con los dientes. Le brillan los ojos. Parecen dos pompones de nieve salpicados por algo de lodo. Tiene ganas de proponerle algo que nunca se atrevió, que se había prometido una y mil veces no plantearle nunca, por ella y por él, por la familia de ambos, pero no le salen las palabras. No puede abrir la boca. Ojalá pudieran decírselo sus ojos. Le ahorrarían un montón de trabajo. Los ojos del chico miran al cielo pulcro detrás, y luego vuelven esperanzados a los de la chica. ¿De dónde salió? ¿Qué hace acá?, piensan.

Creía que después de dos años la había superado. Es cierto que de tanto en tanto sueña con ella, ¿pero acaso uno no sueña con compañeros de colegio que no ve hace veinte años, o con el kiosquero de la esquina, o con la madre de un compañerito de la escuela del hijo?, y sin embargo eso no significa que uno esté enamorado de ellos, ¿o sí?

Ella ha soñado con él también, muchas veces, y en medio de esa nube de pensamientos, olores y fantasías que está atravesando ahora le viene un pánico repentino al advertir que este encuentro podía no ser más que una alucinación. Pero no, no puede ser, ¿¡si es él!? ¿O no? ¿Quién podía ser si no?

La piel le arde como si se hubiera tostado al sol diez horas seguidas. De golpe es un adolescente inhibido y avergonzado. Es como si la viera por primera vez, aquel día en la reunión de fin de año, hacía como cinco años ya de eso. Y como la primera vez trata de entender qué le pasa, saber quién miércoles es esta chica que le fascina tanto. De nuevo pone su vida y la de ella en la balanza. ¿Debo? ¿No debo? ¿Puedo? ¿No puedo? ¿Quiero? Sí, claro, siempre quiero. Y aunque como todas las otras veces pesa más el platillo que le dice que no se enganche, que no le arruine la vida a nadie, que no puede ser tan viejo verde, tiene una hija pocos años menor que ella, por Dios, ¡cómo no le da vergüenza!, aun así no puede dejar de mirarla. Está atontado, como cuando la vio por primera vez, como cuando vio a la niña correr por la pista de hielo, con su vestido y moño turquesa.

—Bien, todo muy bien, por suerte —diría Claudina.

Se sonríen.

—Me alegro… ¿Pensás volver? —¡ya está, lo dije!

Ella sonríe al notar que Santos no había eliminado la costumbre de aparentar que su marido no existía. Así ha sido siempre. Para él, ella hacía todo sola, jamás conjugaba un verbo en plural, y cuando ella lo hacía, él lo restituía inmediatamente al singular.

—Algún día, sí —responde ella, recobrando un poco la seguridad—. ¿Qué se cree, que va a venir a interrogarme cuando hace dos años que no me escribe? Está bien que estemos lejos, pero existen el email y el teléfono. Si tanto le importa saber cómo estoy, ¿por qué no llamó o se preocupó por averiguar antes? Todos esos meses que yo abría el correo con la esperanza de encontrarme con el nombre ‘Santos Malbrán’ desplegado en la pantalla… pero en dos años, nunca ocurrió. Mirándolo ahora de cerca lo ve cansado, envejecido, pero bueno, ella nunca lo había elegido por su belleza. —Por ahora no tenemos planes —agrega, al advertir que él no contesta.

—Entiendo —responde él, y al decir esto se lleva el puño debajo del mentón, como mucha gente cuando piensa. Está bien allá, se dice, ¿para qué va a volver? Tiene un marido joven, seguramente exitoso, debe haber hecho amigos, tiene actividades, ¿qué más puede pedir? Es mucho más de lo que podría darle yo. Pero qué linda que estás, beba, estás mejor que nunca, te comería toda… —¿Seguís escribiendo?

—Sí —replica Claudina. Sigo escribiendo, piensa, y si supieras las veces que he escrito sobre vos, sobre nosotros… todavía lo intento de vez en cuando.

—¡Qué bien! Porque hay que tener valor para dedicarse a la literatura… —Santos se siente un tarado hablándole de esta manera. Ni que fuera una colegiala. De golpe le resulta absurdo estar ahí parado con ella enfrente diciendo pavadas que no interesan a ninguno de los dos. Se siente un actor inexperto cuando entra en escena: no sabe adónde poner los brazos, cómo pararse, qué decir y en qué momento. Recuerda que la niña debe tener frío. Sólo lleva ese vestido turquesa. Piensa en darle su bufanda y sus guantes. Extrae las manos de los bolsillos de su pantalón. Están acalambradas y sudadas. Necesita un trago urgente.

—¿Y vos? ¿Escribiste el libro al final? —alcanza a preguntar ella, segura de que él le desviará la pregunta retrucándosela con otra o respondiéndole cualquier otra cosa, como hacía siempre. Al hablar le da un sacudón de frío.

—Ahí ando, ¡vamo’ a ver! Ha sido una época difícil—. Y luego de un breve impasse: —¿Vamos a tomar algo? El avión no sale hasta las diez —agrega, mientras consulta su reloj de marca—. Tenemos más de dos horas.

Como si dos horas y media fueran suficientes para ellos, piensan los dos en unísono. ‘Nos quedan,’ ‘todavía,’ ¿qué se puede hacer para matar dos horas y media?, pareciera que expresara esta frase de Santos, cuando más bien lo que ha querido decir es: ¿cómo se compensa una vida en dos horas y media?

—Dale, vamos —responde ella, y parten. El bosque queda atrás.

                                                                                         ——- * ——-

Probablemente él la ayudaría con los bolsos. Al principio ella se negará, no quiere jorobarlo con sus cosas, después de todo es mucho mayor que ella, y está acostumbrada, no por nada en el diario solían llamarla ‘gitana’ por andar siempre cargada, pero él se terminará imponiendo, como siempre en la relación. Mientras la alfombra silenciosa absorbe sus pisadas penetrantes, ella pregunta: —¿Cómo te va a vos en tu nuevo puesto?

Pasan frente a una pantalla de donde emana una voz mecanizada que transmite un juego de básquet o fútbol americano, a ellos les da lo mismo. Los niños de la sala al parecer se tranquilizaron, o se fueron a otro lado. El aeropuerto ha dejado de ser un parque de diversiones, y lentamente cae en la vacilación de la noche. Prácticamente se ha vaciado; sólo quedan por salir los vuelos a Latinoamérica. Afuera sigue nevando.

—Bien, me va bien. Con mucho trabajo, pero bien, la verdad es que no me puedo quejar —responde Santos con una sonrisa conforme y falsa. Si supieras lo que te eché de menos esos primeros meses, no te das una idea, tiene ganas de decirle, pero no lo hace, ¿para qué?

¿Por qué será que le cuesta tanto contarme de su vida?, piensa Claudina con un poco de bronca. Se había cansado de ser la única que daba detalles. Hasta tuvo que enterarse de su ascenso a jefe de redacción por el diario.

—¡Me alegro! ¿Y cómo andan las cosas por la redacción? ¿Alguna novedad?—. Caminan.

—Bueno, pasamos por momentos difíciles, todo el país me refiero, no sé si te habrás enterado—. Deja que caiga un silencio. —Pero ahora de a poco estamos saliendo del pozo. Esperemos que así sea—. La sonrisa que le pone es tan de plástico como las de los personajes de las tapas de revista que adornan el kiosco que en ese momento atraviesan.

—Sí, estoy enterada de lo que pasa en el país… —¿Acaso le recriminaba que no estuviera ahí?—. La verdad es que muy triste, un horror…

—De afuera se vive distinto, uno pierde un poco la perspectiva, me parece…

—Puede ser —responde Claudina irritada—, pero aun así trato de estar lo más cerca e informada posible. Leo el diario todos los días, sin ir más lejos. —¿Por qué le da tantas explicaciones?

No se miran. Marchan con la vista hacia adelante como soldaditos de plomo. A veces una pierna golpea o se enreda en alguno de los bolsos y lo patean para quitarlo del paso. Al ver que Santos no habla, Claudina continúa: —El tema de la inseguridad en la calle está muy complicado, ¿no es cierto?

—Así es, la situación no es fácil. Para nada. Tenés suerte de no estar viviendo en esa jungla.

Se miran.

—A veces extraño —confiesa ella, y se detiene para enfrentarlo. Quiere que capte la indirecta. A Santos no le queda otra que frenar. ¿Por qué va tan rápido? ¿Acaso no le importa quemarse con fuego?

Pese a que están cara a cara, Santos no la mira; dirige su vista alrededor. El bosque está despejado. Es todo para ellos. El niño siente ganas de correr. De golpe se le ilumina la cara: —¿Vamos ahí? —pregunta, y señala con el dedo un lugar a la derecha. Claudina lo quiere asesinar, pero acepta la invitación.

El bar es un rincón oscuro del aeropuerto hecho todo de madera. Huele a cigarro y a gente triste. Una fila de traseros y espaldas gruesas de hombre rodean la barra. La mayoría protege sus narices del sol inexistente con una gorra de béisbol. Varias mujeres de buen físico y pechos imponentes van y vienen sosteniendo bandejas plateadas a la altura del cuello. Debe ser el único lugar en el aeropuerto donde se permite fumar y donde hay madera a la vista; el resto es todo plástico, cromado y moqueta.

Santos y Claudina se sientan en una mesita apartada de la esquina. Si bien no hay mucha gente en el aeropuerto, aquí hay bastante, en su mayoría caballeros grandotes de tez muy blanca y obesa. Otro aspecto que divide al bar del resto de la terminal es la  iluminación: mientras que el aeropuerto parece una oficina estatal las veinticuatro horas del día –con tubos fluorescentes que hacen perder la noción del tiempo a cualquiera– el bar tiene lámparas individuales en cada mesa, y la luz que emana de ellas es amarillenta, como de vela. Por cierto no es la luz más adecuada para leer o mantenerse despierto, pero al menos es más cálida e íntima que las otras. A su vez, el ruido en esta guarida no está amortiguado; al contrario, es como si hubiera eco. Todo el mundo habla a los gritos y compite en volumen con el locutor de la televisión, que acá se oye a un decibel irrisorio, ya que hay cuatro televisores –uno en cada rincón– para que los comensales puedan disfrutar de la amplia programación ofrecida desde cualquier mesa. Se sostienen del techo, para que se vean mejor y para que no ocupen más espacio en el ya recargado habitáculo.

Ubicados frente a frente, Santos y Claudina apenas se oyen, pero no les importa. Están aliviados, sienten que aquí les es más fácil unir sus voces nerviosas e inciertas a la turbulencia generalizada que crean los demás. O, si no logran eso, al menos no necesitan rellenar tanto silencio. Ya instalados, él preguntará muy casual: —¿Hace mucho que no venís a Buenos Aires?

—¿Qué? Disculpame, no te oigo.

Santos repite la pregunta.

—Nueve meses. La última vez que estuve fue en abril para el casamiento de una de mis amigas.

—¡Qué bien! —dice él por decir algo, en el momento en que ambos bajan la vista.

Ahora sí es obvio que piensan lo mismo, no hay forma de ocultarlo: Sí, ya sé, no te llamé, no me llamaste, ¿y qué? ¿Por qué? ¿Me querés decir para qué te iba a llamar? No sé, ¿qué hubiera cambiado?, podríamos haber tenido una charla, ¿para qué?, ¿por qué no?, un rato al menos, ¿y después qué?, no te das cuenta de que yo me quedo hecha pelota después de verte, yo también, pero es lindo que nos veamos de vez en cuando, no le hacemos daño a nadie, no, sólo a nosotros mismos, no es lo mismo, no seas ingenuo, ¿ingenuo?, te pido que no me la hagas más difícil, mi intención no es que sufras, no me preguntes más entonces, ¿por qué?, dejémoslo así, te lo pido, ¿por qué?, no sé, no sé, no sé, ¿cómo más querés que te lo diga?

Llega la moza. Él pide un whisky, ella un jugo de naranja.

Claudina hace nudos con la servilleta. Santos golpea una cucharita como si fuera una catapulta.

Llegan los tragos. Tras un sorbo edificante de licor él pregunta:

—¿Te gusta?

—¿El jugo?

—Noooo —ríe Santos sin alegría—. Vivir allá, en San Francisco.

Ella lo mira seria. ¿Sabe él en lo que se mete al hacerle esa pregunta? Decide ser sincera: —Digamos que estoy bien. Tengo amigas, un lindo departamento —va a decir un marido al que amo y con el que me llevo bien pero se contiene—, me gusta el barrio donde vivo, de vez en cuando recibo visitas, hago lo que me gusta… la verdad es que no me puedo quejar. —Deja picar la pelota, quiere que le entre en la cabeza que tiene una vida armada, que no lo necesita a él para completarse y estar bien, pero los ojos de él están expectantes, arden, esperan más, así que ella le da el gusto: —Pero también extraño, como te dije hace un rato. Sigo pensando que estoy de paso…

—¿Qué cosas extrañás? —lanza él intrépido.

Ella lo mira insinuante y toma un sorbo de jugo. Le falta un poco de azúcar, pero está bien. Es recién exprimido, como le gusta a ella.

—Extraño todo —retruca. Quiere y logra sonar contundente. Quiere que él interprete lo que interpretó.

Pero a él no le basta, necesita más precisiones: —¿Qué es todo?

—Eso: todo —Claudina busca refugio en su tubo largo de vitamina C; tiene un escalofrío.

—Dame ejemplos —dirá él. Apenas presta atención a su bebida. Su cabeza está inclinada hacia adelante y llega más o menos a la mitad de la mesa. Por más que el boliche esté lleno, a nadie parece importarle un bledo lo que hace este viejo pelirrojo con su vida. Tal vez les importa un poco más lo que hace la flaca de pelo largo que tiene enfrente, pero en ese sentido no hay problema: Claudina no les dedica ni la menor mirada.

Cada vez se fortalece más en la cabeza de Santos la noción de que está en un terreno donde nadie lo conoce, y eso le permite hacer lo que quiera, incluso atravesar fronteras que hasta entonces consideraba (y había decidido que fueran) infranqueables (salvo en sueños, claro). Y sería casi como un sueño, sólo que mejor, porque los sueños por lo general no dejan recuerdos. En cambio la vida real sí, deja recuerdos y provoca aún más sueños. Los niños se agarran de la mano. Vuelven despacio hacia el bosque. La brisa seca los hace sonreír. Les brilla la cara del sol.

—Extraño a mi familia, obvio —dice Claudina en voz más baja.

Él le dirige una sonrisa cómplice. La luz de la lámpara con forma de tucán le ilumina la nariz, el vello rosa, los labios y la mejilla izquierda. Claudina, en cambio, recostada un poco más atrás, está casi a oscuras.

—¿Y qué más?

Claudina estira los brazos en busca de la servilleta machucada.

—No sé, la ciudad, mis amigas, mi barrio, qué se yo, la gente, el diario, el dulce de leche…

Santos muerde la carnada.

—¿Qué del diario?

—¡Qué sé yo! El ritmo de trabajo, mis compañeros, la adrenalina, el ambiente. Es totalmente opuesto a como vivo ahora.

—¿Extrañás a alguien en particular? —Santos toma un trago largo de bourbon y devuelve el vaso ancho a la mesa. Al fin recobra la confianza.

—No sé, calculo que a mi equipo: Juana, Bettina, Mariela, Agustín, a Beba y a Marcela, no sé…

—¿Y a quién más?

Claudina sonríe y lo mira con ternura. —¿De veras hace falta que te lo diga? —sabe que él se va a hacer el desentendido, que le va a decir algo como “no sé a qué te referís” o algo del estilo, como hace siempre.

—No sé a qué te referís —responde Santos, incorporándose de golpe y quedando casi a oscuras. Antes de llevarse el trago a los labios le guiña el ojo.

—¿A quién te parece que estoy olvidando? —La pregunta le sale cargada de rencor. Dale, decílo de una vez, quiere gritarle. ¿Por qué me dejás pagando? Sabía que me ibas a hacer eso. ¿Por qué será que cada vez que llegamos a una intersección vos retrocedés y te desviás hacia otro lado?

—No sé, vos sabrás.

Guacho, ¿ni siquiera me ayudás un poco? Hacémela un poquito más fácil, querés.

—Sí, tenés razón, y por eso mismo no te lo voy a decir. He decidido guardarme el secreto.

—¡Qué mala sos! —exclama él, entre seductor y burlón—. ¿Vos esquías, no es cierto? —pregunta de improviso.

—Sí, ¿por? —ahora sí que la había descolocado.

—¿Hace mucho?

—Bastante.

—¿Desde chica?

—Sí—¡qué forma grosera de cambiar de tema!

—¿Te parece que vayamos? —agrega luego, por poco ya levantado de la silla.

—¿A esquiar? —¿Qué dice este loco? Sólo porque haya un poco de nieve afuera no quiere decir que se pueda esquiar… .

—Nooooo, yo no puedo ni ponerme un par de esquís. Me caería y fracturaría haciendo nomás el intento. Yo decía de ir por ahí, a caminar.

—Si querés… —Claudina se agita. ¿Por qué será que él siempre termina dominando? ¿Cómo hace? ¿Qué hacía mal ella? Como siempre el pibe arruga y se va al mazo, piensa furiosa. Es un cagón. No sé para qué le doy bola. Pero esta vez no voy a dejar que se salga con la suya. Es un egoísta de mierda. Esta vez sí que no. No puede ser tan cobarde.

Todo esto piensa Claudina mientras Santos paga la cuenta en la barra y ella espera afuera de brazos cruzados –los bolsos desparramados en el piso en semicírculo– inserta ya en el mundo engañoso de paredes lavadas y alfombras mudas. Cuando Santos aparece la encuentra muy seria.

—¿Vamos? —le pregunta.

Él piensa en amarrarla del brazo. Y de hacerlo, ella se dejaría llevar. El roce chispeante de su manga de camisa la hará sentir muy bien, a pesar suyo.

Volverá a alegrarse cuando pasen de largo la puerta de salida asignada para su vuelo. Santos parece saber adonde va. Sus pasos son largos y apurados. Es como si de golpe se hubiera dado cuenta de que tiene que llegar lo antes posible a una cita prefijada.

Bajan la escalera mecánica sin detenerse, pidiendo permiso a los que obstruyen el paso para que sus cuerpos y sus bolsos se abran camino –parecen estar esquiando– y de esa forma acelerar el descenso. Atraviesan el bagagge claim y se dirigen a la puerta automática que demarca el límite de la terminal.

—Che, mirá que por acá salimos del aeropuerto… vamos a tener que hacer seguridad de nuevo… y con todos estos bolsos va a ser un lío… —murmura Claudina.

Santos no le contesta. Con una sonrisa hábil e insolente en los labios impone su menudo cuerpo para que por efecto mágico se abran los vidrios corredizos. Los vidrios se abren y les cae un baldazo de aire helado en la cara. La nieve sigue donando sus bienes como una dama generosa. Afuera la escasa y valiente gente presente se frota las manos y se saluda o despide con gorro y guantes, las camionetas 4×4 en marcha al costado del cordón, con luces y calefacción prendidas. Claudina frena con la intención de agarrar la campera que lleva adentro de uno de los bolsos, pero él no la deja, con un manoteo brusco la acarrea por la vereda, los bolsos arrastran y dejan detrás una versión ancha del hilo de Ariana. El frío le quema la cara, es como si la exfoliara, como si la purificara y la disolviera en mil pedacitos.

Santos corre de la mano de Claudina y no siente frío. Corre por una pradera cubierta de nieve junto a una chica de moño y vestido de fiesta turquesa. Más temprano encontró la nieve, luego halló a la chica. Ahora corre, y como se había repetido mil veces en los últimos años, no podía ser otra.

Llegan al final del edificio de la terminal y recién ahí él se detiene, no porque se hubiera perdido, sino porque por fin encontró lo que buscaba: a unos metros, entre dos edificios, se abre una abertura oscura, un pasadizo lúgubre con algunas plantas quebradas por la escarcha y la nieve.

Más tranquilo, se dirige al callejón de la mano de la chica. Ahora que localizó lo que quería, no ve razón para apurarse. El turquesa del vestido es el único color que se destaca a su alrededor. La chica aprovecha para recuperar aliento. La movida le deslizó el moño. Mientras se lo endereza piensa asombrada en la energía del chico… Cuando respiran les sale humo por la boca. El humo huele a agua. Para divertirse, la chica imagina que fuma.

Al fin se detienen en el rincón de luz y sombra, y ahí mismo, tomándola desprevenida, podría cercarla y arrojarla contra el paredón de cemento. Luego apretaría su cuerpo al suyo y la abrazaría como si no se hubiesen visto en mucho tiempo y se hubiesen extrañado horrores. Empezaría a revolverle la ropa con las manos, mientras explora con la boca. Ella no sabría qué hacer, aunque sabría muy bien lo que quiere. De golpe sentirá que el cielo se despeja y sale el sol. Ya no sentirá frío. Los bolsos quedaron olvidados en el piso mojado. El moño también. No podrá creer verlo así, tan desencajado y salvaje, con lo medido y prudente que ha sido siempre, jamás lo hubiera esperado de él. Qué hago con Pedro, piensa angustiada…

Se dejará llevar por la marea, seguramente. Le parece todo tan irreal y tan perfecto y tan como se lo había imaginado que por un momento se pregunta si no es ella quien maneja todo con piolines desde algún lugar escondido, tal vez desde el techo cuadrado e insulso del edificio de la terminal. El efecto de la nevisca cayéndole en la cabeza y en los hombros como comida de ángel no ayuda precisamente a impregnar la situación de mayor realidad. En aquella ranurita sucia, húmeda y umbría se siente resguardada del frío y de las limitaciones humanas del tiempo y el espacio. Nada existe más allá de ahí. Ni Nueva York, ni Buenos Aires, ni los bolsos.

Los copos se derriten apenas les rocían el pelo y la ropa; igual que con los aviones, toman contacto con superficies hirvientes y se condensan, y es como si esas gotitas de cristal representaran al mundo entero, porque en ese momento nada ni nadie puede alcanzarlos, nada importa, son intocables, ni siquiera puede afectarlos el avión que dentro de muy poco los hará volar por los aires, pero nunca a tanta altura como flotan ahora, por encima de los granitos de maíz blanco, por encima de las nubes, por encima de todo. En este breve instante son inalcanzables. Son dos niños corriendo de la mano por una pradera despejada, y el cielo está limpio, y ellos también, ellos están limpios.

                                                                                         ——- * ——-

Pasa un rato antes de que se separen. Agitados miran el reloj como si estuviera coreografiado. Menos mal que se fijaron, deben apurarse.

Corren de la mano y hacen el camino inverso al de la ida. Los bolsos ya no pesan, parecen almohadas.

                                                                                         ——- * ——-

Claudina está sentada. Oye el anuncio de su vuelo, cierra su libro, lo guarda, levanta sus bolsos y se incorpora. Está un poco transpirada. Busca su boleto. Lo encuentra. Mira hacia los costados. El hombre de pelo rosa ya no está. Al menos no lo ve. El grupo de alemanes y el asiático con computadora tampoco están, ni la comitiva de argentinos que discutía de política. Salvo por empleados de la aerolínea, el salón está desierto. Deben estar todos ya en el avión (¿por qué no oyó los llamados anteriores?), y a ella todavía le falta ir a refrescarse al baño.

Llega ensopada y sin aliento a la cabina del avión, cuando dan el último anuncio de abordaje. Al llegar a su asiento, se alegra de que le haya tocado el pasillo. Al lado, un sacerdote alto y canoso que evidentemente no usa desodorante hojea la revista del avión. La observa mientras ella intenta estrujar sus bártulos en distintos compartimentos. Luego, cuando por fin se sienta, él le murmura en tono pícaro con puro acento británico: —Barely made it to the plane, huh?

Yes —responde ella jadeando—. I didn’t hear the calls. I was distracted—. ¿Por qué tantas explicaciones? ¿Sólo porque es sacerdote?

Él ríe.

—¿Eres de Buenos Aires? —pregunta el padre, esta vez en perfecto castellano.

—Sí —dice ella, obviamente sin ganas de hablar. Se lleva las manos al pecho. La pastilla, piensa. Se levanta para buscarla.

—¿Qué necesitas, hija?

Ella se voltea a mirarlo trepada al asiento de al lado.

—Nada, me mareo un poco en el avión. Necesito tomar una pastilla.

Oh, I see —responde él, y vuelve a la revista de entretenimiento.

                                                                                         ——- * ——-

Tiempo más tarde están en el aire y Claudina profundamente dormida. No siente cuando, alrededor de medianoche, un rato después de que se apagaran las luces y de que la gente estirara las piernas como podía, envueltos en frazadas y camperas, un hombre se le acerca en medias y puntas de pie. Al verla dormida se va. El padre se lo comenta a la mañana siguiente, mientras desayunan. Muchas persianas ya están abiertas; es un día espléndido.

—Era un hombre bastante mayor que tú, podría haber sido tu padre… —dice, tratando de no mostrar disgusto.

Claudina asiente con la cabeza, todavía medio dormida.

—¿Sabes de quién se trata?

Claudina se lleva un enorme pedazo de omelet a la boca. Se hace la distraída.

I asked you a question —dice el otro, claramente irritado.

Huh?

—¿Conoces a ese hombre?

—¿Yo? No, no creo.

                                                                                         ——- * ——-

Muy buenos días, señoras y señores. Queremos anunciarles que hemos comenzado nuestro descenso en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini de Ezeiza en la ciudad de Buenos Aires. Estimamos aterrizar en unos veinte minutos aproximadamente. Rogamos abrocharse los cinturones, levantar el respaldo de sus asientos y apagar sus aparatos electrónicos para iniciar el descenso. En breves minutos pasaremos a realizar una última inspección…

Good morning ladies and gentlemen…

Menos mal.

                                                                                         ——- * ——-

Cuando llega a la fila de migraciones, Claudina trata de localizar al sacerdote para asegurarse de que esté bien lejos, y al distinguirlo en la mitad de la cola le agradece a Dios su fortuna.

Pero lo cierto es que con la excusa de buscar al cura también había buscado a otra persona, y también lo encontró, unos metros más adelante del servidor de Cristo. Divisa una cabeza y barba rosa, un tanto despeinada, muy movediza, que conversa animadamente con un hombre mucho más alto, también con barba; pero está de espaldas, así que no le puede ver la cara. El señor hace el trámite y Claudina no lo ve más. Lo busca mientras espera que aparezcan sus valijas en la cinta, pero es inútil, ya no está.

                                                                                         ——- * ——-

Piensa en llamarla desde el diario, pero luego entra a una reunión y después va a un cóctel y se distrae, además no sabe cómo ubicarla, ni siquiera se acuerda adónde guardó el número de la casa de la madre, probablemente quedó en algún cuaderno de notas y sin darse cuenta lo arrojó al tacho de basura en una de sus no muy frecuentes limpiezas. Después de todo, pasaron años desde la última vez que se vieron. Le escribiría un email entonces, en cuanto tuviera un respiro, a ver si podían encontrarse para un trago, acá en el diario no, necesitamos más privacidad, ¿no es cierto? Acá nos interrumpen a cada rato. Mejor en otro lado. ¿Y después? Después nada, cada uno tiene su vida, nena, cada uno tiene lo suyo. ¿Pero podremos vivir así, como esquizofrénicos? No lo sé… pero hay que vivir el momento, nena, te lo digo yo que te llevo varios años. Más vale aprender esto temprano que tarde. Hay que aprovechar mientras dura la bailanta, luego se verá, nadie te dice lo que puede pasar, al fin y al cabo mientras se trata de vivir vale la pena, ¿no es cierto?, ¿o no?, ¿acaso no es así?, ¿entonces por qué no lo hacés?, ¿por qué no te tirás a la pileta de una buena vez? No sé. Nada es fácil, nena. ¿Nada de qué no es fácil, a qué te referís con eso? Nada, nena, nada. Digo que nada es fácil en esta vida. Ya lo vas a ver cuando te toque. ¿Cuando me toque qué? No es que vivamos en un bosque los dos solos sin nada ni nadie que nos moleste o impida estar juntos. Ya no somos chicos, tenemos nuestras vidas formadas, querida, tenés que entender eso. ¿Entender qué? Que no es tan fácil andar haciendo y deshaciendo, bastante ya con las preocupaciones que tenemos, ¿no es cierto?, como para encima andar generando más quilombos. Hagamos lo mejor que podamos con lo que tenemos, ¿no te parece? ¿De qué me estás hablando? ¿Por qué me venís con esto ahora? No sé, nena, no me vengas con planteos, tengo mucho que hacer y poco tiempo, ¿querés o no querés?