El Sufrimiento Nacional

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  • ¿Qué vamos a hacer después?preguntó Claudia.

    ¿Después de qué?

    Después del partido, Fran. Para festejar. ¿Arreglaste algo?

    No, no arreglé nada. Además, ni ahí vamos a ganar. ¿Qué querés salir a festejar?

    Pero no seas así bebé, tan mala onda…Claudia se acercó a su novio y le pasó una mano por el hombro. Él, sentado en su escritorio abriendo correspondencia, ignoró el gesto. Al notar su indiferencia, y sin decir nada, ella lo soltó y se alejó unos pasos. Para disimular, encendió la tele y se echó en el sillón anaranjado del living, ubicado a unos metros de donde estaba él.

    A través del ventanal que daba a un balconcito gris y enrejado con un ficus en una punta, podían contemplarse las paredes hollinadas y ventanas brumosas que confluían en aquel corazón de manzana. La sombra de la tarde caía despareja a lo largo y ancho de los edificios, como si alguien estuviera deslizando trabajosamente una cortina oscura y translúcida desde uno de los techos. La luz se replegaba rápidamente hacia el oeste, abandonando esta fosa cuadrada, monótona y elevada a favor de otras, tal vez igual de sucias y sobrias, o tal vez no. Cansado y destemplado de tanto estar quieto y expuesto, el sol necesitaba abandonar su rutina estricta para regresar al día siguiente renovado y vigoroso. Así daba fin a una jornada luminosa y de poco viento, aunque helado. De a poco incrementaban los ecos de cacerolas golpeando hornallas, y de niños aburridos e impacientes que buscaban algo que hacer o un poco de atención. Algunas señoras osadas envueltas en chales y chalecos apolillados se asomaban de vez en cuando para colgar ropa húmeda en los hilos improvisados. Apenas se molestaban en acomodar las prendas: preferían planchar antes que exponerse de más a la intemperie….

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