Recordando el alma de los Quilmes

  • Published by Luces y Sombras
  • Los niños visten algodones rasgados,
    y miran;
    No todos los días
    se les da
    el espectáculo
    de una tez blanca.
    No todos los días
    se les da
    la ocasión
    de extender la palma de sus manos.

    Los viejos,
    entretanto,
    permanecen sentados;
    miran desde sus sillas
    de mimbre desgarrado.
    Arrugados y cansados
    a los treinta años de edad.
    Arrugados de sufrir,
    arrugados de carecer,
    arrugados de vestir harapos remendados,
    desde la niñez.

    Una pareja de recién casados
    se despierta.
    Sus manos se desperezan
    entre paredes de adobe.
    Los dedos de la madre
    de la novia rescatan
    grasa de chancho
    desde temprano;
    para el puchero
    para el locro.
    La cacerola hierve
    con garbanzos ensangrentados;
    su primer nieto
    tal vez haya sido engendrado
    durante la noche.

    El polvo desnutrido
    se filtra entre las hendiduras
    de la pared de tierra,
    cobriza y gastada;
    los alimenta:
    tierra seca, desolada, miserable.
    Tierra eterna,
    tierra impávida.
    El sol te relame
    encandila,
    calcina,
    asfixia;
    con rayos duros inclementes
    presencia salvaje y feroz.

    El silencio es
    tierra norteña;
    un grito aislado de repente
    anuncia una muerte
    o un anónimo nacimiento;
    de repente el chasquido
    tenso e ignorado
    de una cascabel
    de pies desnudos,
    arrastrando tierra estéril.

    Miradas vacías anacrónicas
    seres relegados
    excluidos de la historia
    aferrados a sus memorias Quilmes
    a sus tierras impotentes.

    Sus ojos no conocen
    el tornasolado del mar
    o el resplandor lavanda
    de un ramo de azaleas;
    sus manos no saben
    la textura de la crema humectante
    o la suavidad
    de un libro
    con lomo de cuero;
    jamás han saboreado
    el helado de menta
    o el licuado de piña;
    jamás han disfrutado
    del aroma
    de un incienso de sándalo
    o el de un avión
    a punto de despegar.

    No saben qué significa
    “faso”, “plis”, “hay tipo que está re-bueno”
    y son argentinos.
    Sólo conocen
    el cardón
    el charango y la ocarina;
    el mate, la coca
    y los tamales.
    Conocen también
    al Cristo Rey
    de la esperanza
    y al Dios del abandono.
    Conocen el canto, el llanto,
    y el desencanto.

    Sus cuerpos anchos,
    pesados
    y oscuros
    se aposentan en sus sillas,
    descuartizadas,
    desde la madrugada
    en calles sin vereda
    hasta la medianoche,
    entre el siseo de las lampalaguas
    y el croar de los rococos.
    Sólo interrumpen para la siesta y para comer;
    cuando hay para comer.

    Los niños juegan
    con la basura
    que hallan en las esquinas.
    Patean piedras
    como pelotas de fútbol;
    también las sobras
    desechadas por turistas.
    Restos
    de los visitantes
    de los que estuvieron de pasada
    de los que no se atrevieron a quedarse
    de los que creen que sólo hay vida
    dentro de torres luminosas de vidrio
    con vista panorámica
    al Río de la Plata y
    a la ciudad inconmensurable
    en plena ebullición.

    Ven aquí, tienen ganas de decir
    los dueños de casa.
    Quédense unos días;
    unos días nomás.

    Verán lo que se siente
    que no les importe
    quien sale electo Presidente
    o Gobernador Provincial.
    Verán que aquí todo es igual,
    no importa el nivel de
    la tasa de interés
    o a cuanto haya cerrado
    el índice Merval.

    Verán que aquí nada cambia,
    cuando aumenta el precio del petróleo
    o los alquileres se van al techo.

    Verán qué tranquilo
    es estar
    solo
    olvidado
    vejado
    aislado.
    Verán que no les sube
    el colesterol
    la tensión arterial
    la frustración.
    Vocablos urbanos;
    para tierras urbanas.

    Verán que aquí
    el suelo
    permanece inmutable;
    los que cambiamos
    y envejecemos
    somos nosotros.
    Como así también,
    los que morimos.

    Pero no se preocupe
    buen señor,
    enseguida vendrán otros
    a ocupar nuestro lugar;
    enseguida vendrán otros
    a sentarse en nuestras sillas,
    a tomar de nuestro mate
    frente a nuestros hogares
    corroídos
    sin canteros ni rejas.

    Paredes desamparadas
    barridas en tierra;
    Puertas de madera oscura:
    agujereadas, astilladas,
    desencajadas.

    Alguien sin duda ocupará
    nuestras tierras.
    Al principio
    con esperanza,
    con inocencia;
    luego con desidia,
    con desengaño.

    Aquí, señor, el tiempo nos pasa de lado,
    nos ignora como el dinero;
    nos elude como el poder.

    Siempre cerca de la tierra
    estamos.
    La tierra de los chalchaleros y del sol rajante,
    de los yaretas y las iguanas,
    de las llamas y las quebradas,
    de las rudas y las cortaderas.
    La tierra de la zamba
    y el chamamé.

    Nosotros también somos argentinos,
    Señor.
    Argentinos de noroeste,
    Argentinos de llanto,
    Argentinos de hambre.
    ¡Argentinos de alma!

    ¿Vendrá entonces
    a quedarse con nosotros?

    ¡Oiga viajero!
    Míreme a los ojos,
    es a usted a quien me dirijo.
    Míreme, por favor…a mí…aquí
    de este lado. No, no, del otro.
    ¡Señor! ¡Oiga!
    Por favor…
    ¿Hasta cuándo tendré que esperar
    a que haya un próximo?